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◈ Holos&Lotus

Aquella Ventana a la Inocencia: Memorias de una Seño

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​Han pasado ya unas cuantas décadas, y a mis cincuenta y cinco años, la vida me ha llevado por muchos caminos. Sin embargo, hay un rincón en mi corazón que siempre permanece intacto, un lugar vibrante, lleno de risas, colores y esa fragancia única de la infancia. Ese rincón es mi época como educadora, y esta foto, mi boleto de regreso a aquellos años dorados de mi juventud.
​Me veo ahí, sentada en ese taburete de madera, rodeada de un torbellino de curiosidad y afecto. Era uno de mis primeros trabajos, y recuerdo la mezcla de emoción y nerviosismo que sentía cada mañana. Pero una vez que cruzaba la puerta de la "escuelita", todo eso desaparecía, reemplazado por la energía contagiosa de esos pequeños gigantes.
​En la imagen, me veo sonriendo, una sonrisa que nacía genuinamente de mi alma al interactuar con ellos. Cada niño era un mundo por descubrir, una esponja ávida de conocimiento y cariño. Y yo, que se suponía que era la maestra, la guía, me encontraba aprendiendo de ellos día tras día.
​Me gustaba cómo, a pesar de ser tan pequeños, poseían una sabiduría intuitiva que a menudo nos falta a los adultos. Me enseñaban a ver el mundo con ojos nuevos, a encontrar maravilla en las cosas más simples, en una flor que brotaba en el patio, en el vuelo de una mariposa, en la forma en que los colores se mezclaban en un papel.
​Aprendí de ellos el valor de la honestidad brutal y la sinceridad sin filtros. Si estaban tristes, lo expresaban; si estaban felices, su alegría inundaba la sala. No había máscaras ni pretensiones, solo emociones puras y auténticas. Y en ese espejo de inocencia, yo también aprendía a ser más genuina, a conectar con mi propia niña interior.
​Recuerdo cómo sus pequeñas mentes curiosas me bombardeaban con preguntas, "¿Por qué el cielo es azul?", "¿Por qué las hojas cambian de color?", "¿Por qué las estrellas brillan?". Y yo, con paciencia y una sonrisa, intentaba responder, no solo con datos, sino con historias y metáforas que encendieran su imaginación.
​Pero lo más valioso que aprendí de ellos fue la importancia del amor incondicional y la conexión humana. Un abrazo espontáneo, un beso en la mejilla, un secreto susurrado al oído... esos pequeños gestos me llenaban de una satisfacción profunda y duradera. Sentía que mi trabajo no era solo enseñarles letras y números, sino también cultivar sus corazones, sembrar semillas de bondad, empatía y respeto.
​Hoy en día, cuando camino por la calle, a veces escucho una voz que me llama: "¡Hola, Seño!", "¡Buenos días, Maestra!". Me doy la vuelta y veo a hombres y mujeres de treinta y tantos años, con vidas y familias propias, que todavía me recuerdan. Es un momento agridulce, una mezcla de alegría y nostalgia.
​Alegría, porque sé que dejé una huella en sus vidas, que de alguna manera contribuí a formarlos como personas. Nostalgia, porque me doy cuenta de cómo el tiempo vuela, de cómo esos pequeños que sostenía en mis brazos son ahora adultos que navegan por las complejidades del mundo.
​Sí, me siento un poco viejita, con mis cincuenta y cinco años a cuestas. Pero cuando esos hombres y mujeres me saludan, siento que mi corazón se rejuvenece, que esa seño llena de energía y sueños todavía vive en mí. Esa experiencia, esos años compartidos con mis pequeños gigantes, siguen siendo uno de los regalos más preciosos que me ha dado la vida. Y esta foto, con su mezcla de colores y emociones, es un recordatorio tangible de que, aunque el tiempo pase, el amor y la inocencia que compartimos en aquel pequeño rincón del mundo, permanecerán para siempre.
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Y aun así seguimos. Porque mientras exista esperanza, siempre habrá una página en blanco esperando ser escrita.
Gracias a la comunidad BBH a la comunidad HolosyLotus gracias por leer y su apoyo
Gracias a mí hija @diazktty por la gran familia que has construido y seguir siendo parte de ella

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