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La primera vez que escribí sobre este tema hablé de las heridas que no se ven, de esas que nadie nota porque no dejan cicatrices en la piel. Hoy quiero hablar de la otra cara de la historia: cómo es amar a alguien que vive luchando contra sus propios demonios.

No es un amor de película. No está lleno de momentos perfectos ni de frases bonitas todos los días. Es un amor que aprende a respirar cuando llegan las tormentas, que entiende que detrás de un mal carácter, de un ataque de ira o de un cambio brusco de ánimo, muchas veces existe un dolor que lleva años pidiendo ayuda.
Amar a alguien así significa entender que hay días en los que la batalla no es contra el mundo, sino contra su propia mente. Hay momentos en los que una palabra mal dicha puede convertirse en una discusión, y otros en los que el silencio pesa más que cualquier conversación.
No voy a mentir: a veces cansa. A veces duele. A veces uno quisiera que todo fuera más sencillo.
Pero también he aprendido que el amor no cura por sí solo. El amor acompaña, sostiene una mano cuando la otra persona decide buscar ayuda, celebra los pequeños avances y recuerda que pedir apoyo profesional no es una derrota, sino un acto de valentía.
He aprendido a mirar más allá del enojo. A veces la ira es solo el idioma que aprendieron quienes nunca supieron expresar su dolor de otra manera. No significa que todo deba aceptarse ni que cualquier comportamiento esté bien. Amar también implica poner límites, cuidar de uno mismo y recordar que una relación sana necesita esfuerzo de ambos lados.
Hay personas que cargan tantas heridas que hasta convencerlas de ir al psicólogo parece otra batalla más. Y cuando finalmente aceptan hacerlo, uno entiende que ese primer paso vale más que mil promesas.
Yo no amo a una persona perfecta. Amo a alguien que pelea cada día contra partes de sí mismo que muchos nunca llegarán a conocer. Y aunque el camino no siempre sea fácil, también he visto su deseo de mejorar, de levantarse después de caer y de convertirse en una mejor versión de sí mismo.
Las heridas invisibles no desaparecen de un día para otro. Sanar lleva tiempo, paciencia, recaídas y mucho trabajo. Pero cuando existe amor, compromiso y la decisión de cambiar, cada pequeño avance se convierte en una victoria que merece celebrarse.
Porque amar a alguien roto no significa querer que siga roto. Significa creer que puede sanar, mientras ambos recuerdan que el amor y la salud emocional deben caminar siempre de la mano.
Gracias a todos los que me apoyan a la comunidad BBH
Y gracias a mí familia que siempre está presente a mí esposo @valderalazaro @milagroscmiranda
Y a mí pequeño Lukas y como siempre pedir disculpas si ven que me demoró en publicar aquí en cuba la corriente es muy inestable gracias por su paciencia y apoyo tengan un buen domingo ❤️❤️❤️❤️
