Es increíble cómo a veces somos tan rápidos para juzgar las vidas de otros, especialmente cuando no estamos involucrados directamente.
Parece que es más sencillo opinar desde afuera, donde no se siente el peso real de las emociones, los recuerdos y las decisiones difíciles.
Es cierto que cuando el dolor toca nuestra puerta, las palabras se vuelven nudos en la garganta y el silencio se convierte en una forma de escape.
Ojalá podamos aprender a ser más empáticos, a estar presentes para quienes nos necesitan y a no dejar que el orgullo o la incomodidad nos silencien cuando lo que realmente hace falta es un abrazo o una palabra de apoyo.
Saludos.
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