El Señor de los Pastelitos — Microrrelato [Also in English]

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¡Qué desastre!

Apenas se filtraba la luz del sol, él ya estaba plantado en la acera con su tarantín de lata, su caldero envejecido, su bombona de gas —seguramente prohibida por los bomberos— y sus toneladas de aceite reutilizado y servilletas de papel.

Era el Señor de los Pastelitos.

Cuarenta años instalado en aquella esquina de Corazón de Jesús. Sesenta años encima y la misma rutina de siempre: montaba el negocio antes de que sonara la alarma que despierta a los gallos.

Todo el mundo lo conocía.

Todos lo querían.

O al menos eso parecía.

Porque también había quienes lo criticaban sin misericordia. Las uñas negras eran tema obligatorio entre los transeúntes. Algunos aseguraban que no era mugre, sino lunares.

—¿Lunares? ¡Sí, cómo no!

Lo del mal aliento tenía explicación oficial: se comía los ajos del guiso de los pastelitos mientras los freía. A veces hablaba y parecía que el relleno completo te lo exhalaba en la cara.

Lo más curioso era que nadie sabía realmente cómo se llamaba.

Para todos era simplemente el Señor de los Pastelitos.

Solo Maribel, una vecina del sector, insistía en llamarlo Jesús, tal vez por el nombre de la esquina. Aunque, siendo honestos, jamás en su vida le compró un pastelito. Decía que prefería morirse de hambre antes que probar algo salido de aquellas manos “prehistóricas”.

Y, aun así, cada mañana se detenía frente al tarantín para conversar con él como si fueran familia.

Qué desastre.

Sí, el señor de los pastelitos era todo un desastre, pero uno de esos desastres que terminan convirtiéndose en paisaje y folklore. El hombre tenía cada cuento que ni te digo.

Maribel decía que, si él desapareciera un día cualquiera, la esquina se sentiría vacía.

Aunque a lo mejor la atmósfera sea más respirable.

Hasta aquí mis cinco minutos.

© 2021-2026 Germán Andrade G. Todos los derechos reservados.

El contenido original fue escrito para:
11 May 2026, Freewriters Community Daily Writing Prompt Day 3100: What a mess! por @daily.prompt.

Todas las imágenes fueron editadas en CANVA.

*Es mi responsabilidad compartir con ustedes que, como hispanohablante, he tenido que recurrir al traductor Yandex Translate para llevar mi contenido original en español al idioma inglés. También hago constar que he utilizado la herramienta de revisión gramatical Grammarly.

Desde mi cajón de ideas — 11 de mayo de 2026.

English

The Pastelito Man — Micro-story

What a mess!

The sun’s light was barely filtering through when he was already planted on the sidewalk with his tin stall, his aged cauldron, his gas tank —surely banned by the fire department— and his tons of reused oil and paper napkins.

He was the Pastelito Man.

Forty years stationed on that corner of Corazón de Jesús. Sixty years on his back and the same old routine: he’d set up shop before the alarm that wakes the roosters even went off.

Everyone knew him.

Everyone loved him.

Or at least, so it seemed.

Because some criticized him without mercy. His black fingernails were a mandatory topic among passersby. Some claimed it wasn't dirt, but birthmarks.

—Birthmarks? Yeah, right!

The bad breath had an official explanation: he ate the garlic from the filling while he fried the pastelitos. Sometimes he would speak, and it felt as if he were exhaling the entire filling right into your face.

The curious thing was that no one really knew his name.

To everyone, he was simply the Pastelito Man.

Only Maribel, a local neighbor, insisted on calling him Jesús, perhaps because of the corner’s name. Though, to be honest, she never bought a single pastelito in her life. She said she’d rather starve to death than taste anything coming out of those “prehistoric” hands.

And yet, every morning she’d stop by the stall to chat with him as if they were family.

What a mess.

Yes, the Pastelito Man was a total mess, but one of those messes that end up becoming part of the landscape and the folklore. The man had stories for days.

Maribel used to say that if he were to disappear one day, the corner would feel empty.

Although perhaps the air might be a bit more breathable.

That’s my five minutes.

© 2021-2026 Germán Andrade G. All rights reserved.

The original content was written for:
11 May 2026, Freewriters Community Daily Writing Prompt Day 3100: What a mess! by @daily.prompt.

All images were edited using CANVA.

From my idea drawer — May 11, 2026.

It is my responsibility to share with you that, as a Spanish speaker, I have had to resort to the translator Yandex Translate to translate my original Spanish content into English. I also state that I have used the grammar-checking tool Grammarly.


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Hola amigo @germanandradeg ,

El Señor de los Pastelitos me hizo recordar a Don Patricio un señor que paseaba todo el pueblo con su maletìn para colocar inyecciones, caminaba muchìsimo, era muy amigo y compadre de mi madre, todos lo conocìan y contaba muchas historias a mi madre que recogìa en sus caminatas. Nada màs de pensar en la jeringa que utilizaba , bueno, como te explico, sin guantes para colocarlas, sin tapabocas y asì son estos personajes icònicos de diferentes sitios.

Asì como èl, estaba el chichero Don Ramòn, tambien un personaje en mi pueblo querido.

Saludos @germanandradeg

Mi querida Mercedes (@mercmarg), qué bonito verte por estos mis rincones. Sí, amiga, en todas partes hay mucho del señor de los pastelitos, de don Patricio y de don Ramón. En el caso de don Ramón, creo que en cada pueblo o ciudad de Venezuela había un chichero; por lo general, usaban batas blancas y parecían carbones. Y así los raspaderos y los heladeros: personajes populares del mismo pueblo, algunos con excelente higiene y otros, como el señor de los pastelitos, con las uñas sucias. Mil gracias por tu visita, buena amiga. Bendiciones para toda la familia.
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Saludos @germanandradeg que estès bien

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Por tus 5 minutos, un voto y un recuerdo. La primera vez que comí pastelitos fue en una calle de Mérida. Costaban medio, pero estaban tan buenos que, aunque solo tomé un refresco, pagué todo un fuerte.

Buena suerte.

Así me sucedió; el primer pastelito andino me costó medio, y qué vaina más buena.
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