Aprender a tolerar la derrota, la celebración del oponente, y tomar eso como lección e impulso para prepararse para un futuro, es algo que es menos frecuente de lo que me gustaría.
Admito que en lo personal, yo tenía un carácter bastante falto de tolerancia cuando era joven, pero no con lo de las derrotas, sino con otras cosas que por acá se solían considerar normales. Por ejemplo, me citaban a las 2 p. m., yo llegaba y esperaba casi hasta las 3, entonces ya perdía la paciencia y me iba, para que luego pasara que me reclamaran que no esperé un poquito más y me fui, que eso no se hace, y que de todas maneras eso de la puntualidad no es tan malo, que hay que ser más tolerante...
En cosas así, yo admito que solía ser bastante intolerante, pero ya luego de finalizar la cuarta década de vida comencé a tomarme las cosas con más calma y mejor carácter; creo que ya no soy tan intolerante como antes.

