No nace con el grito ni el estruendo,
ni se impone con leyes ni con miedo;
es un sutil y mudo entramado
que se teje despacio, dedo a dedo.
Es la semilla que bajo la tierra
espera la lluvia sin ver el cielo,
la convicción de que, tras la guerra,
el abrazo será nuestro consuelo.
Se apoya en lo que no se dice,
en la palabra que el tiempo no oxida,
en el valor de ser aprendiz
de la verdad, aunque duela la herida.
Confiar es lanzarse al abismo
sin red, sin mapa y sin armadura,
es el acto supremo de uno mismo:
ceder el control a otra criatura.
Es un templo de vidrio soplado,
hermoso, firme, pero transparente;
un tesoro que, una vez empañado,
no vuelve a brillar igual frente a la gente.
Se tarda mil noches en levantarlo,
en pulir cada esquina y cada arista,
pero basta un descuido al tocarlo
para que el diseño se pierda de vista.
Sin embargo, cuando el nudo es fuerte,
no hay viento que logre desatarlo;
es una tregua incluso ante la muerte,
un fuego que nadie puede apagarlo.
Es saber que, aunque el mundo se caiga
y el ruido afuera sea ensordecedor,
hay un rincón donde el alma descansa
libre de dudas y de todo temor.
Al final, confiar es un espejo
donde vemos nuestra propia nobleza;
es soltar el lastre del viejo consejo
y abrazar la paz con delicadeza.
No es ceguera, es una visión clara,
es elegir creer a pesar del daño,
pues quien con sospecha la vida encara,
vive en su propio mundo como un extraño.

Poema de mi autoría.
Imagen tomada de Géminis IA.

