Al presente resulta que terminamos viviendo en una pecera donde la IA nos observa y expone como ejemplares de un viejo zoo.
Interactuar con el algoritmo de la llamada IA como si fuera otro ser humano o como una mascota muy bien amaestrada no me seduce en absoluto. La capacidad predictiva de las aplicaciones en teléfonos inteligentes y otros equipos conectados a Internet me preocupa. Tanto como cualquier oferta "gratis". El verdadero costo está oculto y puede ser demasiado alto para cuando nos presenten la factura y nos digan que debimos leer la letra pequeña, que por lo general es minúscula, enrevesada o ininteligible como un contrato de seguro marino.
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