
Hay cosas que solo quien ha vivido en Cuba puede entender de verdad, y una de ellas es cocinar con carbón. Para muchos en otros países puede parecer algo pintoresco, una experiencia de campo o una tradición que se hace de vez en cuando. Pero para miles de familias cubanas ha sido, y sigue siendo en muchos momentos, una necesidad cotidiana.
Cocinar con carbón no es simplemente preparar el almuerzo. Es un ritual que comienza mucho antes de poner la olla sobre el fogón. Primero hay que conseguir el carbón, y eso ya representa una pequeña aventura. No todo el carbón sirve igual: algunos trozos parecen piedras, otros están húmedos y otros simplemente se niegan a prender. Uno termina observándolos como si fuera un experto, buscando el que tenga la forma y el tamaño perfectos para que el fuego arranque de una vez.
Cuando por fin aparece la primera llama, lejos de terminar el trabajo, apenas comienza la verdadera batalla. El humo invade el patio, entra en los ojos, hace llorar sin pedir permiso y deja ese característico olor impregnado en la ropa, el cabello y hasta en las manos. No importa cuánto uno se bañe después, siempre queda un pequeño recuerdo del fogón acompañándonos durante el resto del día.
Hay momentos en que parece que el carbón conspira contra nosotros. Justo cuando el arroz necesita más fuego, las brasas comienzan a apagarse. Entonces toca soplar, mover los carbones con un palo, abanicar con un cartón o cualquier cosa que aparezca cerca. En ese instante cualquiera diría que estamos dirigiendo una locomotora antigua en lugar de cocinar el almuerzo.
Y el calor... ese merece un capítulo aparte. Ya el clima cubano de por sí es intenso, pero ponerse delante de un fogón de carbón al mediodía es otra historia. El sudor corre por la frente, la cara termina llena de tizne y las manos parecen haber trabajado toda una jornada en una mina. Sin embargo, ahí seguimos, removiendo el potaje, vigilando el arroz y tratando de que el pollo no se queme.
Lo curioso es que, aun con todas esas dificultades, siempre aparece el humor. Nunca falta alguien que haga un chiste diciendo que el cocinero salió "ahumado" antes que la comida, o que el humo sirve para espantar los mosquitos. Reírse de las dificultades es una de esas costumbres que el cubano ha convertido casi en un mecanismo de supervivencia.
También es cierto que cocinar con carbón reúne a la familia de una manera especial. Mientras uno atiende el fuego, otro limpia los vegetales, alguien más prepara la ensalada y nunca falta quien se siente cerca a conversar para hacer más llevadera la espera. Entre historias, anécdotas y risas, el tiempo pasa diferente.
Muchas veces, mientras el humo sube hacia el cielo, uno se pregunta cómo es posible que todavía tengamos que depender de estas formas de cocinar. Pero inmediatamente aparece esa capacidad tan nuestra de adaptarnos. Porque el cubano pocas veces se queda inmóvil frente a un problema. Si falta la corriente, aparece el carbón. Si el fuego baja, alguien encuentra la manera de avivarlo. Siempre surge una solución, aunque no sea la más cómoda.
Y cuando finalmente llega el momento de servir la comida, el cansancio parece desaparecer. Tal vez el arroz tenga un ligero sabor a humo, el boniato haya recogido un toque de ceniza y la olla haya quedado completamente negra por fuera. Pero también queda la satisfacción de haber resuelto otro día más.
Cocinar con carbón no es solo preparar alimentos. Es una lección de paciencia, creatividad y resistencia. Es una muestra de cómo, incluso en medio de las dificultades, seguimos encontrando fuerzas para salir adelante. No porque sea fácil, sino porque hemos aprendido a convertir los obstáculos en parte de nuestra rutina.
Quizás algún día el fogón de carbón quede únicamente como un recuerdo de tiempos difíciles. Mientras tanto, seguirá siendo testigo de incontables almuerzos familiares, conversaciones interminables y muchas historias que solo quienes han pasado por esa experiencia pueden contar con una sonrisa.
Porque al final, más allá del humo, del calor y del tizne, cocinar con carbón representa algo muy cubano: la capacidad de seguir adelante, inventar cuando hace falta y encontrar motivos para sonreír incluso cuando el fuego parece querer apagarse.
Gracias a mis hijos a mí hija @diazktty y a su marido @valderalazaro por la familia que han creado
Y en especial a la comunidad BBH @thebbhfoundation y @thebbhproject
Gracias por su apoyo

